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martes, 11 de junio de 2013

Os quiero (2/2)

Segunda y última parte del fic. No os entretengo más

La parte fácil del plan había dado resultado. Ahora era cuestión de tiempo que la mujer de Gold llamase a la policía. Entonces cada segundo que pasase tendrían menos posibilidades de acabar con éxito su plan. Por eso tenían que darse prisa.
Cuando Gold empezó a recuperar el conocimiento, lo primero que sintió fue el frío tacto del metal en la coronilla.
-Si yo fuera usted no haría ningún movimiento brusco, señor Gold-dijo Emma-a no ser que quiera usted un nuevo ombligo en la cabeza. Deduzco que su respuesta es afirmativa, no hace falta que responda... Si necesita algo, gruña o algo-concluyó con una carcajada, al tiempo que salía de la habitación.

Hizo balance de la situación. Estaba amordazado y difícilmente podía apenas gruñir. Eso quería decir que se encontraba en una zona habitada, no en un sitio abandonado. Había oído a la mujer hablando con otra persona, y se atrevía a pensar que era otra mujer porque no reconoció la voz de la que se había dirigido a él como la de la secretaria. Había entrenado para una situación como esa desde que ganó su primer millón. En definitiva, parecía que esas mujeres no tenían intención de herirle, así que se armó de paciencia y empezó a destensar lentamente los nudos de las cuerdas que le apresaban, como tantas veces había hecho en sus entrenamientos.

Belle estaba destrozada, llorando en un taburete de la cocina. El teniente Graham se presentó en la casa siete minutos después de que ella le llamase gritando de terror. Siempre habían hablado de que podía pasar algo así, pero ella siempre lo veía como algo lejano, hipotético, imposible. Y hoy, de un día para otro, sintió que el mundo se le caía encima. Estaba pasando. El teléfono volvió a sonar.

~~~

Emma y Regina ya saboreaban el éxito de su plan. Habían pedido el rescate y solo les quedaba recibir el dinero que habían pedido, que no era una suma desorbitada comparada con la fortuna que hacía Gold a diario. Una transacción limpia a un banco suizo en el que nadie podría seguir el rastro hasta ellas. Tenían una coartada perfecta, ahora mismo estaban viajando en un vagón de tren hacia Vancouver con su hijo, o eso decían los papeles. Cuando terminasen el secuestro tomarían un avión junto a Henry con sus ya nombres falsos hasta Miami, donde empezar la nueva vida que tanto anhelaban. Era sencillo y limpio, no habría heridos ni arruinarían a nadie. Solo les faltaba un último detalle.

Habían decidido montar un pequeño engaño para que sus identidades fuesen completamente imposibles de descubrir. Regina entró a la habitación donde se encontraba él tres segundos después de que este volviese a introducir su mano por el agujero ya agrandado de la cuerda anudada.
-Espero que esté siendo todo de su gusto, señor Gold. Limítese a asentir
Gold asintió. Sabía que en estos casos lo mejor era obedecer sin mostrar miedo alguno. Regina continuó:
-Muy bien, ahora voy a explicarte muy claramente lo que quiero...
-¡Amy! Date prisa que quedan veinte minutos para el intercambio-le dijo Emma desde la otra habitación-están a punto de...
-¡JODER!-la interrumpió Regina-¿por qué has dicho mi nombre, estás loca? ¡Ahora sabe cómo me llamo!
-Perdón, se... me había pasado...yo...
Gold escuchó como Regina se levantó y salió de la habitación dando un portazo, dejando entreabierta la puerta por el rebote y permitiéndole escuchar la conversación que mantenían entre susurros en la habitación contigua.
-Mary, estás loca, no sabes lo que has hecho.
-Perdona cuñada, no pretendía...
-No pretendía, no pretendía... Sabes perfectamente lo que has hecho.
-Sí...
-Ahora tendremos que matarle.

Las chicas se alejaron de la habitación y cerraron la puerta. Sonrieron y se besaron fugazmente por el numerito que habían montado. Así ganarían asegurarse que Gold estaría quietecito asustado, y que cuando diese parte a la policía dirá que escuchó dos nombres que no les llevarían a ninguna parte. Encima cuñadas... Cómo se reían cuando lo estaban planeando en su casa. Ahora no había tiempo para risas. Se encontraban en la parte más delicada del plan. Acababa de vibrar el teléfono, un nuevo mensaje. La transferencia estaba hecha.

Gold había escuchado perfectamente la conversación y sabía el destino que le esperaba si no actuaba con rapidez. Se terminó de desanudar las cuerdas de las manos y piernas y esperó pacientemente su oportunidad. Sabía que contra las dos a la vez no tendría ninguna posibilidad, pero tal vez no tuviesen armas de fuego, como mucho una, pues parecían unas "aficionadas" en el mundo de los secuestros. En ese caso abatiría a la que estuviese armada de un tiro, y se abalanzaría a por la otra para inmovilizarla. Mientras meditaba sus pasos sacó el arma que había llevado oculta todo este tiempo. Una Paquettum 3000. Un tiro, altamente maniobrable, nunca se encasquillaba y de dimensiones más que disimulables. Se sentó a esperar.

Ante la imposibilidad de negociación por parte de los secuestradores, Graham solo veía una solución posible, hacer la transferencia. Por cómo habían sucedido los acontecimientos hasta la fecha apostaba por que los secuestradores eran unos aficionados que no atacarían a una mosca, pues se habían saltado varios "protocolos" que habrían sido indispensables en un secuestro profesional. Ofrecer una prueba de vida,imposibilitar (o al menos mostrar contrariedad) al ver que la policía estaba involucrada; el hecho de que pidiesen una suma que rozase lo insultante para lo que podrían pedir. Esto le animaba, pues le hacía pensar que tan pronto como tuviesen en su poder a Gold sería cuestión de horas atrapar a los delincuentes.

Pero Bella no se consolaba, pues en lo más profundo de sí misma sabía que no todo podía salir tan bien, era ilógico. Tenía razón.

El sheriff recibió un SMS en el móvil de Bella: C/Hooper 287, Bajo B. Habían cumplido, estaba a veinte minutos de allí. Subió a un coche y se dirigió él mismo a recuperar al rehén, ya habría tiempo de encargarse del resto.

Las chicas cerraron las bolsas con todo lo que habían usado y lo pusieron junto a los demás bultos. Habían dejado preparadas las maletas para salir en cuanto enviasen el SMS que llevaba a una dirección a la otra punta de la ciudad. Allí en un local encontrarían un folio impreso con la dirección real. Calculaban que tenían un margen de 35 minutos. Solo les quedaba una cosa. Su huésped se había portado como un campeón, solo les quedaba el número final. Emma entraría con el revólver en alto y le contarían su fatal destino al rehén, en el momento que una le dice a la otra que oye sirenas de policía, y saldrían pitando sin disparar para que no les descubrieran. Todo había funcionado. Compartían una mirada cómplice al tiempo que Emma retiraba el pestillo de la puerta.

Gold estaba de pie, apuntó a la que abría la puerta. Una bala de punta hueca salió disparada hacia el costado de Emma, pasando milagrosamente por el hueco entre el pecho y el brazo de Emma. Regina estaba detrás. Atravesó su cuerpo entrando por el hueco que hay entre la tercera y cuarta costilla derecha. Esa clase de balas habían sido prohibidas hacía unos años por su poder destructivo. La muerte era casi segura aún alcanzando el disparo una extremidad, ni que decir tiene si atravesaba todo el pecho.

Regina dio dos pasos. Y soltó una lágrima. No hubo más.

Emma al ver a Gold liberado y escuchar el disparo que casi le había alcanzado reaccionó inmediatamente y disparó, certera en la cabeza. Gold cayó al suelo, nunca se volvería a levantar. Ella sabía que era un disparo de bala, y sabía que que no la alcanzase era prácticamente un milagro. Se giró y sonrió a Regina para tranquilizarla, el disparo había sido en defensa propia y ella no había salido herida. Ese instante se congeló en la mente de Emma, fue un instante que duró toda una eternidad, esa clase de instante que precede al fin de un sueño, el fin de todo. Un instante en que un grito desgarrador heló las venas a todo aquel que lo escuchó.

Emma se abalanzó sobre Regina al ver su camisa, la que siempre llevaba impoluta, teñida del color del dolor, rojo sangre. Cuando no pudo soportar más la visión de la herida la miró a la cara, fijamente a los ojos, y se dijeron todo un infinito, pero ni un infinito es suficiente. Ambas vieron pasar su vida por delante de sus ojos en una fracción de segundo, su vida juntas. Regina recordó ese momento en que se conocieron, esa pasión que compartían, ese hijo que les habían concedido. Emma la amó por un instante todo le que tenía previsto amarla el resto de su vida. Regina sonrió, y se desplomó sobre los brazos de Emma, junto con todo lo que habían soñado. Y acabó todo.

~~~
En una cómoda de un apartamento de una pequeña ciudad en la que nunca sucedía nada, una nota, escrita rápidamente a bolígrafo en una cuartilla que nadie leería hasta años más tarde; enunciaba aquello que ese mismo día habrían dado la vida por decir una última vez cinco personas de esa ciudad. Unos garabatos que nadie entendería su por qué, una mala sensación que se tornó en premonición. Una historia resumida en ocho letras.

Os
quiero

Regina M

domingo, 9 de junio de 2013

Os Quiero (1/2)

Buenas, hoy toca despertar y ponerse a estudiar que la semana que viene prácticamente termino el curso (sí, los exámenes finales). Pero antes os dejo otro FanFiction que he escrito de Once Upon a Time, este de dos capítulos. Espero que os guste el primero.



Os Quiero


Emma entró a la habitación. Se quitó el pijama y se miró al espejo. Su reflejo le devolvió la sonrisa: aquel era el día. Se terminó de desnudar y abrió el grifo, que al cabo de unos segundos empezó a crear una nube de vapor que envolvía el pequeño baño del apartamento. Antes de meterse en la ducha, recordó que se había dejado la muda en la otra habitación, y como no le gustaba pasearse mojada por su casa decidió salir en ese momento, aprovechando que el apartamento estaba vacío, pues Regina había ido a dejar a Henry a clase. Se equivocaba, nada más volver a la habitación alguien la derribó encima de la cama:
-Princesa, ¿a dónde crees que vas así sin ropa y sin avisar?
Regina lucía como siempre su inmaculada camisa pero sin la chaqueta, se ve que la había colgado nada más llegar a la casa. El carmín de sus labios impregnó el cuello de Emma al tiempo que esta intentaba responder racionalmente.
-¿Tú no estabas dejando a nuestro hijo en...?-la boca de Regina había ascendido, sellando sus labios antes de que terminase la frase.
-A Henry le lleva Hooper que nos lo hemos encontrado en el portal, en cuanto a ti... todavía no me has respondido, ¿qué hacías paseando sin ropa?
~~~
-Cada día tengo más claro que podría pasar en tus brazos el resto de mi vida, princesa-decía Regina mientras se acurrucaba aún más en el regazo de Emma-no entiendo por qué no me dejas.
-No te dejo porque tenemos algo que hacer-la susurraba al oído- y porque has dejado el grifo de la ducha abierto, ¡vamos para allá!
-Incansable, eres incansable.
-Así me suelen llamar.

Media hora después, ya estaban vestidas ultimando las últimas cosas. Regina no terminaba de ver claro lo que iban a hacer, pero sabía que era necesario si querían acabar con todo ello de una vez por todas. Aún así, tenía miedo. No lo tuvo cuando entró en el mundo de la delincuencia, no tuvo miedo cuando adoptaron a lo que más quería de este mundo. Pero esta vez un miedo irracional se apoderaba de ella cada vez que pensaba en lo que iban a hacer, a pesar de haberlo estudiado durante días y días. Ultimaron las últimas cosas y se disponían a salir cuando...
-¡Emma, espera! Dame dos minutos.
Emma observaba intrigada como cogía una cuartilla del escritorio junto a un bolígrafo, escribía algo y lo guardaba en la cómoda. Al volver Regina respondió a la pregunta que Emma tenía en mente: "Luego te lo explico". Se dieron un beso y abrieron la puerta.

Salieron de la casa con los bultos que ya habían preparado de antemano. En una bolsa Emma llevaba el pasamontañas y los dos revólveres. A su derecha Regina mecía una bolsa con cuerdas, su uniforme, la peluca, cinta aislante y un cuchillo. Ya habían robado muchas veces, pero con este pretendían realizar su primer (y último) secuestro. Con lo que sacasen del rescate reunirían suficiente dinero para irse a vivir a Miami, donde ya tenían preparadas unas identidades falsas y dos puestos como voluntarias en un hospital de allí. Pretendían empezar una nueva vida, lejos de aquel mundo de delincuencia en el que se encontraban.

Habían estudiado los pasos de su víctima durante las últimas semanas y se sabían en plan a la perfección. Nada podría fallar, o eso creían. Se separaron en el portal del edificio, caminando cada una en una dirección y sin mirar atrás. Había comenzado.

~~~
-Buenos días, me marcho ya.
-¡¿Tan pronto?! ¿Qué hora es?
-Las siete menos diez. ¿Te veo inquieta, te pasa algo?
-No sé... tengo un mal presentimiento. Podrías no ir a la reunión, por mí. Sabes que no necesitamos más dinero
-No necesito nada teniéndote-la repetía acariciándola la frente- pero sabes que me tengo que ir. Sigue durmiendo. Te quiero
-Lo sé, te amo, sal ya pero llámame cuando termines-dijo cerrando los ojos definitivamente.
-A la una de la tarde estoy, te amo.

Aquel hombre que paseaba en su flamante Cadillac por las calles más lujosas del centro de la ciudad no podía dejar de pensar en lo que le había dicho su mujer horas atrás. La había visto despertarse asustada, feliz, enfadada y hasta con ganas de jugar... Pero nunca la había visto de esa manera. Estaba preocupada por un mal presentimiento. Y eso le tuvo en vilo durante todo el trayecto y parte de la reunión. No se la pudo quitar de la cabeza. Cómo la quería

Sabía que ella era valiente, había pasado un año en la cárcel por un delito que no cometió y se enamoró precisamente de él. Casi se atrevía a decir que no le importaba ni su status, ni su dinero, ni su mansión. Solo le quería a él, como tantas veces se lo había demostrado. Se sentía el hombre más afortunado del mundo, no por su éxito en la tienda, ni siquiera por que con sus años ya tenía la vida resuelta. Se sentía afortunado por ella.
La reunión terminó exitosamente, con una promesa de expansión exponencial del negocio si ambas partes cumplían el trato. Él no se fiaba mucho de esos "brokers" que hacían dinero con la caída de las empresas, pero contratae un buffet de experimentados economistas era otra historia. Además, el director parecía formal. En estos pensamientos se encontraba mientras seguía a la secretaria del director hasta la puerta de salida. No volvían por donde habían venido, pero no le extrañaba que esas casas enormes tuviesen distintos caminos, así que se dedicó a disfrutar de las exquisitas obras de arte que adornaban los largos pasillos.

Al llegar a lo que parecía ser la puerta, la rubia secretaria le invitó a salir, despidiéndole con una sonrisa mientras le sujetaba la puerta. Al pisar la calle se dio cuenta que esa salida no correspondía a la carretera en la que su chófer le esperaría, si no más bien era la opuesta a la que deberían haber tomado, una calle nada transitada en la que solo se veía un coche negro arrancado. En esa fracción de segundo se dio cuenta de lo evidente, demasiado tarde. Antes de perder el conocimiento se giró a tiempo de ver como la secretaria, que blandía una porra, sacaba de una bolsa que había dejado al lado de la puerta unas cuerdas. Después todo se oscureció.

Regina se quitó la peluca rubia que había estado ese último mes. "Ya no tienes secretaria, jefe". Cargó con el peso del multimillonario hasta la furgoneta, donde le terminó de atar en el maletero. Ya estaba hecho. Se subió al automóvil, cerró la puerta y se encaminó hacia el lugar convenido.

El reloj marcó las cuatro. Tenía que haber vuelto hacía tres horas, y ni siquiera había avisado de que se retrasaría. Ella sabía que nunca haría eso salvo por un motivo mucho mayor. Ya habría recorrido el parque interior de la mansión cuatro veces cuando sonó el teléfono. Un número oculto que no tuvo que esperar ni dos tonos, pues al primero respondió:
-¿Sí, diga?
-No haga ningún gesto extraño o acabaremos con la vida de su marido. Por ahora se encuentra vivo, pero la situación cambiará como sospechemos lo más mínimo que ha involucrado a la policía. ¿Está claro? Diga sí o no.
-Sí.
Nada más cortarse la llamada ella buscó en su agenda de contactos el número privado de su marido. "No puede ser verdad", se decía al tiempo que escuchaba los tonos de llamada. Él nunca dejaría de responder una llamada a ese teléfono, nunca se separaba de él. Tras un minuto eterno, ella cayó al suelo abatida al escuchar ese mensaje que siempre bromeaba con que escucharía nunca...

Este es el buzón de voz del gerente de Antiquariate Enterprises, puesto actualmente ocupado por Mr. Gold. Deje su mensaje después de la señal.

~~~

Emma colgó el teléfono y se dirigió a la salita donde estaban los otros dos. Allí Gold, amordazado y con los ojos vendados, era vigilado por Regina.

martes, 19 de marzo de 2013

Secreto de dos

Buenas, esta vez tenéis que perdonadme por hacer un post tan especializado. Pero es que escribí un fanfic (una historia relacionada con una serie o película) de Once Upon a Time. Y ya que lo hago, pues lo publico, ¿no?

Que la magia os envuelva algún día.

Secreto de dos

Ella le estaba esperando. Sabía que él creía que no le había descubierto, y prefería que el chico siguiese pensando así. En el fondo llevaba más tiempo del que nadie podría imaginar deseando compartir AQUELLO con alguien, y ahora que podía hacerlo le daba igual que ese alguien pensase que no le estaba viendo, a ella le bastaba con compartirlo. Como veía que él se retrasaba, se sentó a esperar.

****


Era la noche. El despertador no llegó a sonar, y a veinte segundos de las tres de la mañana Henry apagó el despertador para que no le delatase. Se debería estar muriendo de sueño por la hora que era, pero no era así. Sabía que no había tiempo que perder. Se quitó el pijama y en un silencio ritual lo dobló cuidadosamente. Acto seguido se puso un pantalón corto y encima unos vaqueros. Se abrochó una camisa que tenía preparada debajo de la cama. Se puso las botas y se las abrochó. Sabía que en un mundo con magia toda precaución es poca, así que dedicaba infinito cuidado a cada uno de sus movimientos para no hacer el más mínimo ruido. Ya vestido, cogió su mochila y se acercó cuidadosamente a la puerta, que abrió de aquella forma que solo el sabía para no hacer ruido. Antes de cerrar recordó algo, así que volvió en sus pasos para coger su bufanda. Cerró y salió a la calle.

Ya afuera, respiró profundamente. El rumor del viento despertaba una faceta del pueblo que el chico había empezado a conocer seis meses atrás, cuando descubrió AQUELLO que una vez al mes le impedía dormir... Henry se encontró a sí mismo perdido en sus pensamientos, y como sabía que no tenía tiempo, se echó a correr. Mientras avanzaba, presionó un botón del reloj que le había regalado su padre. Este se iluminó, mostrando la hora: 3.24 . Tenía que darse prisa o no llegaría.

Ya en el bosque avanzaba con lentitud. Sabía que el viento al darle de cara le cubría, pero cada paso que daba hacía crujir el manto de ramas que cubrían el suelo. Si quería presenciarlo una vez más, tendría que tener sumo cuidado, pues cualquier mínimo error haría que fuese descubierto.

Por fin, la vio. Allí estaba, y aunque temía llegar tarde, suspiró al observar que justo en ese momento comenzaba. Se acercó unos pasos más, quedando a apenas tres metros del lugar donde ella lanzó la capa. Se recostó, se quitó la bufanda, la chaqueta y la camisa, pues sabía que no las necesitaría, y se descalzó. Se quitó los vaqueros y dobló todo una vez más. Guardó todo en la mochila y la usó de alfombra para no mancharse al arrodillarse, y esperó. Sabía que apenas quedaban unos instantes, que aprovechó para coger todo el aire que pudo, y lo expulsó con fuerza. Y así, solo con unos pantalones cortos en un bosque de una ciudad encantada a -8°C era como Henry esperó a la magia.

Un instante después empezó. Ruby, que llevaba meditando unos minutos, se levantó súbitamente y saltó, transformándose en unas décimas de segundo. Y allí se quedó, levitando durante un instante, al tiempo que una esfera invisible de magia la rodeaba. Henry sabía que AQUELLO llegaría de un momento a otro, y cerró los ojos. De repente, la esfera se expandió unos cinco metros y Henry quedo sumergido en ella. Entonces comenzó.

La temperatura ambiente había aumentado más de treinta y cinco grados, y Henry recordó un instante lo que le pasó la primera vez, lo que sufrió cuando asistió a AQUELLO por primera vez con tres capas de ropa puestas. Aquella vez intentó liberarse, arrancarse la ropa para aliviar un poco el calor que le estaba matando. No le sirvió de nada, pues no pudo mover ni un ápice su cuerpo. Esta vez, ya preparado, no se esforzó en moverse pues sabía que sería inútil, como la primera vez. Sumergido en aquella burbuja, la temperatura que era igual a la temperatura corporal del lobo, recordaba a un verano de Storybrooke en el que las temperaturas habían aumentado tanto que no parecía Maine, si no más bien un clima tropical.

Esa sensación de quemazón fugaz paso a la segunda fase, el aislamiento sensorial. De repente Henry dejó de sentir el calor... y todo lo demás. Donde instantes antes se encontraba el bosque no había más que nada. El viento que minutos antes anunciaba el frío desapareció. Dejó de oler al bosque. No se sentía a sí mismo siquiera, y en ese instante siempre dudaba de su existencia. Lo único que le hacía pensar que era real era precisamente eso, su pensamiento. Al tener anulados todos los sentidos, el único contacto que tenía consigo mismo era el pensamiento y la memoria, y eso hacía que recordara perfectamente donde estaba. El chico siempre se había preguntado si este aislamiento total le agradaba o por el contrario lo odiaba, porque el hecho de no poder sentir era inquietante... pero increíble. Este instante era posiblemente el más breve, pero al no existir ningún otro estímulo era el único en el que podía pensar con lucidez, pensar lo que estaba pasando.

Y aún así, y estando preparado lo que se avecinaba, la siguiente fase fulminó su conciencia como un rayo. La magia, en toda su pureza, se expandió del centro mismo de la esfera hacia todos sus puntos, acertando a Henry en todas y cada una de las partes de su cuerpo. Esta clase de magia era única. Iba más allá de la magia negra y la magia blanca, más allá de la ciencia y de la magia o cualquiera de sus formas existentes en cualquier mundo. Esa clase de magia que estaba allí, era la única magia pura de todos los rincones del infinito. Esa magia no requería un precio, no tenía un fin. No podía ser manipulada, usada para encantamientos. No podía ser controlada. En definitiva, era libre. Y la magia libre poseía una fuerza inmensurable, solamente comparable con la fuerza del amor verdadero. La diferencia residía en que el amor verdadero es humano y por tanto las sensaciones que pueda provocar siempre quedaban limitadas con las sensaciones que pudiese soportar una persona.

Y Henry, cerca de cumplir 14 años, sin conocer siquiera a su amor verdadero, experimentó una fuerza mil veces superior al amor, la magia libre, una sensación que durante cientos de miles de años había sido reservada para Los Hijos de la Luna. Su cuerpo, humano, recibió una vez más el poder de la magia libre. Cada una de sus terminaciones nerviosas quedaron en shock al no ser capaces de soportarlo, pero aun así la magia le atacaba sin parar. Henry, consciente de que el 100% de su cerebro estaba ocupado tratando de captar todas esas sensaciones, solo se podía dejar llevar.

Tiempo después lo trataría de describir de mil formas distintas. Era como un beso de su madre, era como si sintiese el amor de todos los seres del mundo volcado en su pequeño cuerpo; sentía el amor que se tenían sus abuelos, sus padres. Era como si cientos de plumas del ave más majestuosa recorrieran su piel. Como si por un momento el lo fuera todo. El sol, las estrellas, el universo. Como si fuese la luna. Todas esas sensaciones eran lo que recordaba, pero era una milésima parte de lo que en verdad sentía, era la parte humana de lo que sentía. Su cerebro, saturado por la magia, le llevaba más allá. Su mente salía de su cuerpo, se disparó por encima del bosque, de la ciudad, del mundo. Se desplazó por encima de todo. Llegó a otros tiempos, a otros lugares, estaba en todos los sitios en todos los momentos. Alcanzó otras dimensiones, en las que cada domingo millones de familias rodeaban al televisor para disfrutar de ¿su historia? Se vio en pantalla, vio todo lo que le sucedía, y fue más allá. Presenció la aparición de la magia, presenció la aparición del mundo. Entonces su mente empezó a retroceder vertiginosamente hasta llegar a Storybrooke, al bosque, al encuentro de su cuerpo. Al volver a unirse todo él estalló, y fue amor. Amor hacia su padre, hacia su madre, hacia Storybrooke. Amor hacia su mundo, y hacia el resto de ellos. Hacia otras dimensiones, hacia otros universos. Y por encima de todo amor hacia ella, la que una vez más le permitió sentir AQUELLO. Esa clase de amor que está por encima del amor paternal, encima del amor verdadero. Era amor de agradecimiento, por decirlo de alguna manera. Finalmente, y tan súbitamente como había llegado, todo se esfumó, y el cuerpo semidesnudo de Henry quedó tendido en el suelo. expuesto a la intemperie. Lo último que percibió fue un aullido, que le reconfortó como si de una nana se tratase...


Su madre le despertó con un beso. Henry abrió los ojos y lo primero que vio fue la cara de su madre, que le sonreía a diez centímetros de su rostro. Le mandó a duchar, y este se levantó, con el pijama puesto. Según avanzaba por la habitación se frotaba los ojos intentando despertarse. Entonces vio la mochila vacía apoyada en la cama, y sus botas, en el lugar donde estaban el día anterior. Se duchó y se vistió: se puso la chaqueta, el pantalón y se calzó. Ya de camino a clase, cruzaron por la cafetería de La Abuelita, y Henry negó con la cabeza. Diez metros más adelante, una voz les paró a sus espaldas.

-¡Eh, Henry, creo que esto es tuyo!-gritaba Ruby desde la entrada a la terraza.

Henry se acercó corriendo, sonriendo, y tomó su bufanda de las manos de la chica.
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